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La nación que está en foco. La de los dos dólares. El “regalado” para un extranjero y el “sumamente costoso” para un ciudadano local. El que maravilla con sus paisajes de ensueño y el que atemoriza por las noticias que trascienden. Danel Ayesta, corresponsal de Portal Mochilero, viajó a dedo durante dos meses y este es su relato.

Por Danel Ayesta de Sueños de Mochila

Venezuela. El “Cuco de Sudamérica”. El que muchos merodean ya sea por lado colombiano como por lado brasileño. Mucho temor, generalmente generado por los medios de comunicación, redes sociales o personas que retransmiten las versiones de otros. Un miedo que paraliza, que lleva a desestimar la idea de ingresar.

En búsqueda de obtener una propia visión de la situación, hice oídos sordos y pasé la frontera. Créanme que no fue fácil. Más cerca estaba de La Guajira (paso fronterizo costeño, considerado uno de los más peligrosos de Latinoamérica) más temor sumaba. “Tené cuidado, a los que tienen el pelo como vos los hacen desaparecer”, fueron las palabras del último conductor en tierras colombianas.

Eran las 19 horas, se hacía de noche y decidía pagar un cuartito rodeado de venezolanos que escapaban de su país. Cambiaba unos pocos pesos colombianos y recibía una montaña de billetes de 50 bolívares que no me entraban en la mochila. Por suerte sabía de antemano que debía consultar el sitio “DolarToday” para saber la cotización “blue” del día que por aquel entonces rondaba los 3500 bolívares (marzo 2017).

Bajo la advertencia de que había poco efectivo, al día siguiente bien temprano junto al dueño del hospedaje me acerqué a la plaza principal de Maicao repleta de cambistas. Eran decenas y decenas de calculadoras, billetes que iban y venían todo el tiempo. Decidí cambiar 20 dólares y ese gramo de papel se transformó en cerca de medio kilo. Montañas conformadas por una inmensa cantidad de fajos de bolívares que tardé alrededor de veinte minutos en contar.

En ese viaje por Sudamérica, que duró año y medio, llevaba miles de kilómetros recorridos a dedo. Soy un fundamentalista del pulgar hacia arriba, porque me lleva a tener otra perspectiva del viaje y, por ende, otras experiencias para compartir. Por eso los 10 kilómetros restantes seguí con la mía y fue una señora con su moto el alma colaborativa.

Ni bien llegué se me abalanzaron personas con automóviles ofreciéndome traslado, como así también motociclistas. Eran muy insistentes e invasivos. Sabían que era extranjero y por ende intuían que, detrás de esa discreción, algún dólar había. Me los saqué de encima amablemente y me acerqué a la frontera tras recibir algunos chistes relacionados con Messi por parte del personal de migración que preguntaba sobre mi país.

Una chica me hizo el sello de entrada sin problemas mientras a lo lejos gritaban un “Dale chamo, dale algo”. Parece que había una cierta “voluntad” de colaborar a veces con la fuerza migratoria pero la atención conmigo había sido correcta, hasta ese punto.

Tuve graves errores. El primero fue haber tomado una moto que me deje en un lugar estratégico para continuar con el dedo y el segundo, en medio de ese traslado, lo descubrí: haber elegido esa frontera. Fueron un total de seis controles, todos en cortos tramos, y en cuatro la Policía Boliviariana apeló a interrogatorios un tanto intimidatorios. Por suerte estaba preparado, tranquilo. La falta de miedo contrarrestó las malas intenciones.

Finalmente no hubo “dedo” hasta Maracaibo, primera ciudad en el mapa en donde me esperaba un anfitrión de Couchsurfing. Me tomé el colectivo más barato del mundo. Fueron 30 centavos de dólar por 3 horas de viaje. Llegué a lo de Gustavo, mi anfitrión, me desahogué con él y me pidió tranquilidad. Lo acompañé a jugar a la pelota y empecé a establecer los primeros lazos con venezolanos. Ese primer día de fastidio quedó en el pasado.

Recorrí Maracaibo. Caminé sus calles y empecé a curiosear. Lo primero que me sorprendió fueron los precios. Había productores locales ofreciendo frutas y verduras a precios “regalados” para un extranjero. A modo de ejemplo, por alrededor de un dólar se podía comprar 33 piñas, 30 huevos, 1 kilo de carne o 1 kilo de queso.

Entremezclados con los productores había mesas con los famosos insumos que no se consiguen. Conocí al primer bachaquero, particular que se encarga de comprar productos básicos y revenderlos a precios irrisorios para un venezolano. Pregunté cuanto costaba el arroz, sabiendo de antemano la situación, y tras 5 segundos de observarme me dijo “4500 bolívares (1,3 dólar)”. Sí, más  que las piñas en un país en donde, por aquel entonces, el sueldo mínimo a “dólar ilegal” era de tan solo 12.

Observé con detenimiento el pack y noté que el precio oficial era casi seis veces menos. El producto estaba enmarcado en “precios cuidados” pero poco se respetaba el valor. La situación de tener que negociar un arroz me generaba diversas sensaciones. Por un lado tristeza, por el otro la alegría de estar viviendo algo sin precedentes en mi vida que impulsaba a ir en búsqueda de más.

Ya más tranquilo, retomé el dedo. Me fui de Maracaibo a Coro haciendo “AutoStop” y, curiosamente, el primero en llevarme fue un micro de larga distancia. Fue la misma policía quien me hizo la pata en un control para llegar a mi destino. Eran las 11 de la noche cuando arribé a la terminal. Por eso no busqué el contacto preestablecido y fui directo a un “albergue transitorio” por 12 horas. Pagué 1 dólar el cuarto y podría haber sido 50 centavos si estaba con alguien.

Gustavo en Maracaibo reconocía que había casos de inseguridad, pero a su vez insistía con que “la gente estaba loca”, producto de la intensa paranoia con la cual vivía. Las opiniones iban sumándose, esta vez con él y su familia. Me abrieron las puertas de su hogar y me brindaron un cuarto. Al igual que Gustavo tenían Wi Fi y los servicios básicos (subsidiados) funcionando, pero una heladera semi-vacía.

“Nos diste suerte”, me dijo el padre de familia con una bolsa en mano. Habían recibido el plan alimenticio del gobierno (clap). Un paquete de fideos, otro de arroz, un aceite, un jabón, una pasta dental y un cepillo de dientes. “Hace seis meses que lo estábamos esperando”, insistió Pepo, de buen pasar pero en una desesperante actualidad. “Tenía 3 carros y los tuve que vender todos”, contaba mientras mostraba fotos de “antes y después”. Un pasado con sobrepeso y un presente flaco. “Estoy haciendo la dieta de Maduro”, decía entre risas y recordaba las épocas en las cuales se tomaba sus cervecitas. “Ahora está imposible”, agregó mientras tomaba nota y pedía que no difunda su nombre.

Los médanos de Coro y Adicora, costa venezolana, eran los primeros atractivos turísticos que visité en el pueblo. Mi primer contacto con el tan afamado mar venezolano. Mi  primer contacto con pecesitos de colores y las aguas más claras que había visto en mi vida. Recuerdo que tomé un colectivo urbano y volví a dedo hablando con un grupo de estudiantes universitarios  venezolanos que habían aprovechado el fin de semana para visitar la zona.

Al momento no había probado un arte culinaria típica venezolana y, o casualidad, Pepo era chef y estaba con un emprendimiento de empanadas. Compré insumos como “masa para arepas” que suplantaba en época de crisis a la “Harina Pan”, huevos, plátanos y queso. Experimenté con plátano frito con queso rallado arriba, acompañado por una arepa y un huevo frito. Acostumbrado a Sudamérica, fue una delicia a mi paladar.

Vivía la vida diaria de una familia venezolana obligada a reducir las necesidades al máximo y eso para mí era significativo. Podía meterme circunstancialmente en el sufrimiento pero a su vez disfrutar los destellos de alegría: De bromear,  de encontrar el característico ADN venezolano, amable y colaborativo a pesar del momento. Me sentía a gusto y quería ir en búsqueda de más.

Me había quedado pendiente “La Vela de Coro”, así que por allí pasé y luego el pulgar arriba me llevó a Chichiriviche. Recuerdo que me levantó un ingeniero, luego un trabajador estatal  y por último nunca supe porque me hicieron seña para que directamente me busque un lugar en el camión de mudanzas. Fue así que llegué a un cruce de ruta, a pocos kilómetros del destino previsto.

No pasaban vehículos y justo transitaba el último colectivo, cuyo costo era de 200 bolívares (5 centavos de dólar). Lo tomé y empecé a entablar conversación con una chica. “¿Vas a Chichiriviche? Mirá que está carísimo”, me dijo la joven sin saber de antemano que yo era extranjero y el peso que tenían los dólares en su país.

Lo primero que hice tras bajar el bus fue mirar los carteles con precios y efectivamente mis sospechas se cumplieron.  Seguía siendo un regalo. Menúes completos con sopa, segundo y arepa por un dólar. Lo curioso es que los segundos tenían arroz, fideos y la arepa era hecha con harina pan y en las mesas había hasta aceite de oliva.

Fui a la playa directo tras atravesar una serie de propuestas de todo tipo. Desde alojamientos y excursiones hasta mujeres. Observé a mi alrededor y encontré cierto abandono. Estructuras viejas, abandonadas.  En uno de los Hoteles se había caído la “H”, mientras que otro carecía de la T. Hablé con unas señoras que estaban muy cómodas tomando un jugo y di en la tecla. “El Club de la Luna recibe viajeros como vos”, indicaron.

Seguí las coordenadas y llegué al centro cultural de Chichiriviche, en un entorno de ensueño: pegado a la costa y entre palmeras. Todavía recuerdo la sonrisa de Maloa, cuando abrió la puerta y me vio con la mochila. Se la veía muy a gusto con mi presencia. Me contó que también había un francés, Max, y que en breve llegaba su mamá, Zulay.

Mientras acomodaba mi carpa y observaba diversas islas de ensueño, la dueña llegó y me hizo sentir como en casa. Fue tanta la gratitud que me quedé un mes, adoptando Chichiriviche como una de las experiencias más enriquecedora de mi vida viajera. Un pueblo que no llegaba a los 20 mil habitantes y en donde el caos, la constante inseguridad que marcan los medios de comunicación en Venezuela, no se sentía.

Me sumé rápidamente a la dinámica y empecé mediante las redes sociales a convocar gente. Pasamos de dos personas a más de 15 en un abrir y cerrar de ojos. Formamos una gran familia con la cual visitábamos los cayos (islas) paradisíacos por centavos de dólar. Nadábamos entre peces de colores, tomábamos nuestras buenas botellas de Ron por poco más de 1 dólar y disfrutamos de una vida relajada pero observando de reojo lo que acontecía.

A veces pasaban varias jornadas sin pan. En algunas panaderías había abundancia pero de tortas, pasteles y donas. Era más redituable utilizar la harina para hacer costosas recetas, económicas para un turista y un octavo de sueldo mínimo para un venezolano. Un coctel de irregularidades y aprovechamiento. Un libre albedrio.

Las mesas con los productos que escasean también estaban. Dos harinas, dos fideos, dos aceites y una mayonesa, una de las presentaciones a precio “debatible”. Al final, a veces, terminaba saliendo más caro un paquete de arroz que un paseo por las islas paradisíacas. El combustible más barato del mundo, que daba arranque a los motores pero no solucionaba la crisis alimenticia.

De Chichiriviche me fui a Colombia a resolver unos trámites y luego regresé no sin antes conocer a Erick, un amigo que había hecho por internet. Me pasó a buscar con su primo en la región de Táchira y charlamos un poco. Este joven analista de sistemas me contó que trabajaba para un francés a distancia. Cobraba 100 dólares por mes. “Con eso vivo bien”, insistía.

Erick con frecuencia pasaba a territorio colombiano para retirar el dinero. Lo transformaba en dólares y reingresaba a Venezuela obteniendo bolívares en el mercado paralelo. “Si lo cobro en Venezuela me lo transforma a dólar oficial y muchos de los productos de primera necesidad, importados, se rigen por el dólar paralelo”, destacó.

Tras dos meses de historias, había llegado el momento de regresar. Viajar a veces es cansador. Había registrado un año y medio por Sudamérica, prácticamente todo bajo la modalidad “AutoStop” e inmerso muchas veces en la incertidumbre. Llegó el momento de descender a Chile para encontrarme con mi compañera y emprender el regreso a Buenos Aires.

Ahora desde la región de Bahía, Brasil, planeamos viajar nuevamente para el “cuco” de Sudamérica con un objetivo debelador: brindar información fresca, vivencial y no lo mediante lo que transmiten los medios de comunicación.

Podés seguir el viaje de Danel Ayesta en la Fanpage de Facebook “Sueños de Mochila

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